Una vez más Costa Rica celebró el Festival Internacional de las Artes (FIA ’98), tradición que fortalece los lazos entre nuestro país y los visitantes, y que nos ofrece a los costarricenses la posibilidad de estar en la primera fila ante diversas actividades de  la vanguardia cultural del mundo.
El FIA es una tribuna para exponer nuestra certeza de que, hermanándonos en el arte, seremos dueños de una sensibilidad cada vez más despierta, frente a la construcción del presente y del mañana, en pos de una sociedad solidaria, más justa y libre para todos. Esta actividad constituye una oportunidad de aportar la imagen de la cultura como un modelo de desarrollo integral, que busca el bienestar del ser humano, donde quien la produce se realiza en ello, y donde el espectador se enriquece mientras se recrea. 

Esta fiesta es el resultado de la labor del capacitado equipo que ha asumido el reto de convertirnos en la capital cultural del área y de mantenernos, con cada edición del FIA y con su quehacer diario a lo largo del tiempo de organización, como un prestigioso punto de referencia ante la comunidad artística mundial. 

Todo este trabajo, hoy plasmado en las realizaciones presenciadas en nuestros teatros y calles, proclama que en la seguridad que brindan la paz y la democracia, es viable para un pueblo  expresarse de manera libre y creativa por medio de las artes, para mejorar su condición y aportar a la de otros que puedan aprovechar su mensaje. Ante esto, es importante considerar que la producción artística es un trabajo permanente y amerita que el apoyo que se le brinda no se limite al tiempo de presentación de los festivales, sino que dure todo el año. 

En términos de organización, resulta sobresaliente el importante esfuerzo mancomunado entre instituciones gubernamentales y empresas privadas; esto constituye un ejemplo para seguir en otras áreas. 

Los artistas y los administradores que lo han realizado, las empresas que lo han patrocinado y los gobiernos que lo han auspiciado, han llevado a nuestros festivales de las artes a figurar entre los mejores de Hispanoamérica. Esta es una prueba más de que Costa Rica puede asumir, en diferentes áreas del quehacer humano, una posición del liderazgo, que ojalá pronto nos convirtiera en el primer país desarrollado en América Latina. 

ECon la publicación de su último libro, “El secreto encanto de la KGB,” Marjorie Ross nos hace un buen regalo a sus lectores. Se suma esta obra a su rica y variada producción en la que destacan entre otros, “Al calor del fogón”, “La magia de la cocina limonense” y “La otra vanguardia, la vida de Jaime Cerdas”. 

Este nuevo libro narra interesantes historias de acciones, estilos, sistemas de operación, aliados y amigos de la “temible” KGB, órgano del estado soviético dedicado a labores de inteligencia, represión, promoción de insurgencias y asesinatos, para citar solamente algunas de sus más relevantes funciones. Nos traslada a una época de la historia de la Unión Soviética sometida a la paranoia de José Stalin, quién aniquiló con la misma frialdad a sus enemigos como a sus aliados y amigos que caían en desgracia. El libro nos transporta al planeamiento y final consumación del asesinato de Trosky, pasando por pasajes de su vida en el exilio en México y la vinculación y romance con la artista Frida Kahlo y su esposo Diego Rivera. 

Este paso por la era de la Guerra Fría, nos ubica en el periodo de expansionismo del comunismo y evidencia cómo artistas e intelectuales connotados de América Latina se suman y facilitan diferentes acciones de la política soviética y estalinista.
La narración la hace la autora al desarrollar las diferentes vidas y personalidades que asume un connotado agente y espía Iósif Griguliévich quien con gran habilidad desempeña diferentes roles y personajes en el mundo del espionaje, y a pesar de que sus más cercanos jefes y compañeros terminan bajo la paranoia de Stalin, logra sortear todos esos vaivenes propios de la época para terminar sus días como un destacado académico. 

Pero ¿qué hace que esta obra pase de ser una historia del espionaje soviético a convertirse en una obra de historia costarricense? Ni más ni menos que una de las vidas de Griguliévich es como ciudadano costarricense, quien pasaporte en mano, facilitado por un escritor patrio quien para la época se desempeñaba como cónsul de nuestro país en una nación suramericana, llega incluso a desempeñarse como miembro de nuestro servicio exterior en Europa, desde donde se relaciona con empresarios, ministros y ex presidentes de la República. 

Su rol llega a ser tan distinguido, tanto en Costa Rica como en el Kremlin, que ejerciendo como nuestro representante diplomático se le ordena ejecutar el asesinato del Mariscal Tito, Jefe de Estado de la antigua Yugoslavia y objeto de la furia de Stalin. Es casualmente la muerte del déspota ruso lo que cancela los planes y libra a nuestro país de verse involucrado en una acción de semejante naturaleza.

Es interesante destacar como esa ingenuidad o bien esa facilidad -presente  en el país y en nuestros círculos políticos- para sucumbir frente a recepciones, cenas elegantes, apellidos sonoros o ante la ostentación de riqueza, lleva a que un espía bien asesorado por un compatriota nuestro, fácilmente escale en nuestra diplomacia hasta estar a punto de cometer un asesinato que habría conmocionado al mundo. 

Historias como esta nos recuerdan a Savundra y otros personajes acogidos con distinción en las estructuras económicas, políticas y diplomáticas del país. Ojalá que la publicación de esta historia nos desarrolle una mayor y mejor malicia para evitar tanta candidez en el entorno nacional. 

Sin lugar a dudas esta obra, seriamente documentada, respaldada en una sólida investigación y escrita de una forma sencilla y amena, es de obligada lectura tanto para entender mejor una época (la Guerra Fría) un sistema político (el soviético estalinista) como un estilo costarricense (el fácilmente impresionable). Desde ya esperamos la próxima producción de Marjorie. 

Era marzo de 1964, mis padres me despertaron de madrugada, debía alistarme para ir por primera vez a un centro educativo, iniciaría ese día el kínder. Una vez listo, ambos me llevaron al Colegio Calasanz y ahí me dejaron en una de sus aulas. Esa fue la primera vez que me dejaban solo en algún lugar fuera de nuestra casa o la de las abuelas. 

Ese fue el inicio de una linda y provechosa relación entre el Calasanz y yo que se extendió por doce largos pero fructíferos años. En esa primera lección recuerdo que era tan tímido que cuando se pasó lista e iniciaron con mi nombre (desventaja de tener un apellido que inicia con la letra A) me quedé congelado y no pude ni levantar la mano, ni decir presente. Me gané una injustificada ausencia. 

Poco tiempo después de mi ingreso, -hoy la memoria me juega una mala pasada y no puedo recordar con certeza si fueron meses o un par de años- fue destacado como director de la sección de primaria el sacerdote Francisco Ibiza Jordá, a quien a partir de ese momento conoceríamos como el padre Ibiza. Al conocerlo no teníamos idea de lo que nos esperaba y mucho menos de la huella imborrable que dejaría en nuestras vidas, ni del gran apoyo que significaría en la formación de nuestro carácter, personalidad y valores. 

Desde el inicio de sus funciones, el padre Ibiza se convirtió en una fuerte autoridad para los alumnos. Su sola presencia imponía respeto, la sola mención de su nombre nos asustaba, pero lo más importante el saber que era el director de Primaria -de alguna manera difícil de entender por nuestra corta edad- nos daba una seguridad frente al mundo exterior de que estábamos recibiendo una educación y preparación de primera calidad. 

Durante los años que estuve en la escuela, viví innumerables experiencias con él, desde regañadas hasta algunas secas felicitaciones “porque el deber no se felicita, cumplirlo es una obligación”. Recuerdo particularmente una que me marcó para siempre. Sucedió en sexto grado, teníamos un examen de matemáticas y no habíamos estudiado lo suficiente, entonces junto con otro compañero buscamos al padre Ibiza para cambiar la fecha. Luego de que le dimos las más “sólidas” razones para hacerlo, sin pensarlo dos veces se volvió y nos dijo palabras más palabras menos: “sois unos cobardes las cosas se hacen cuando corresponde y sin excusas”, pues la cosa no terminó ahí, la siguiente oportunidad que se encontró con papá le dio su queja sobre mi indebido interés por cambiar una fecha de un examen de matemáticas. De forma que tuve dos regañadas: la del padre y la de papá. 

Lecciones como esas marcaron mi formación. Gracias al Colegio Calasanz, sus sacerdotes y profesores, como Francisco Ibiza y por supuesto a mis padres fue que pude forjar mi carácter, valores y personalidad. En el Cala aprendí mucho más allá de las ciencias y las letras, aprendí la solidaridad en las luchas de San José de Calasanz por las educación a todos los niños sin distingo de nivel social, a tener un juicio crítico y a cuestionar las cosas, a no aceptar la realidad tal como es y a tener las agallas para luchar por cambiarla cuando no estamos a gusto con ella. Ellos no tienen culpa de mis errores en la vida, pero debo reconocer que en los aciertos y las cosas buenas ha estado su huella presente. 

Hoy, encontrándome fuera del país, recibo con dolor la noticia de que el padre Ibiza ha fallecido. No pudo más que conmoverme y traerme a la memoria tantas cosas lindas y difíciles de mi niñez y de mi agradecimiento al Colegio que me formó. Cómo pudo ser mi vida sin el Cala? Me pregunto, y rápido me respondo: por dicha fue con el Cala. 

Adiós, padre Ibiza, adiós a su paso por esta etapa terrenal. En un futuro estaremos de nuevo reunidos y sin duda le rendiremos cuentas y usted nos llamará como siempre la atención. Mil gracias padre por la huella que dejó en nosotros, aunque lo hago a título personal sé que es el sentimiento de muchos de sus discípulos. 

Espacio para compartir ideas, análisis y propuestas para construir juntos una mejor Costa Rica.
Navegación
Categorías
Contacto
[email protected]
+506 0000 0000
San José, Costa Rica
© 2026 Antonio Álvarez Desanti
Impulsado por